
¿Has sentido alguna vez que eres el personaje principal de una película?, ¿Que todo lo que sucede está escrito en un guión universal?, ¿Que la música que suena en la radio del auto cuando vamos pensando es en realidad la banda sonora de nuestra vida?. A mí me pasa todos los días... De repente mi película es lo más cool que ha existido y de repente es patética como si fuera un personaje de comedia mediocre, como Bill Murray en "El Día de la Marmota". En todo caso lo bueno de las películas es que hay para todos los gustos. De repente mi película mala es de culto para otro, uno nunca sabe... Por eso me gustan las películas que son como la vida. O mejor aún las que desarman la vida. Ésas en que empezamos viendo la perfección andando, gente viviendo en casas como sacadas de Wisteria Lane, con ropas color pastel, todos muy limpios y sonrientes. Pero en el fondo tan desesperados como cualquiera. Porque las apariencias gobiernan al mundo. Todos somos personajes con roles que hemos visto desde chicos, cada uno eligió el suyo. Los grandes personajes existen desde que el mundo es mundo, y siempre son los mismos. La prostituta, la santurrona, el malo, el bueno, el payaso, el nerd, el desadaptado, etc. No hay una familia feliz, ni amigos para toda la vida, ni el amor eterno o la tragedia griega. Siempre es un ensayo de algo, con elementos de todo. Y si miramos de cerca nos vamos a dar cuenta de qué todos tienen un trapito sucio por lavar. No hay vida pefecta, y eso es lo que mantiene este gran guión andando, el conflicto que nunca acaba. Ahora de nosotros depende escribir buenas o malas películas, independiente del género que éstas tengan. Con una buena banda sonora y un escenario tan audaz como el mundo que está al otro lado de nuestra puerta, no pueden haber películas fomes. Sal y escribe la tuya, porque en una de esas el clímax está más cerca de lo que tú crees.